sábado, 28 de agosto de 2010

El modelo argentino de Madonna


Lucho Jacob es bahiense, tiene 27 años y tras protagonizar la última campaña de Dolce&Gabbana junto a Madonna se convirtió en una de las promesas de la moda internacional. Aquí nos cuenta los pormenores de aquella sesión fotográfica y revela cómo es la reina del pop en la intimidad.

Estaba parado en la orilla del mar, más precisamente en Pinamar, cuando alguien se le acercó y le dijo: “Vos tenés que probar suerte con el modelaje, podrías tener mucho éxito en París y Milán”. Explica Lucho (de la agencia Civiles) que descreyó desde el primer momento de esta propuesta. Al regreso de las vacaciones, y ya con el secundario terminado, recibió por parte de sus padres la pregunta fatídica: “¿A qué te vas a dedicar?”. Dos minutos le llevó tomar la gran decisión de que iba a convertirse en manequin. “Fue lo primero que se me vino a la cabeza para no laburar”, cuenta divertido y agrega: “No entendía nada del mundo de la moda, sólo sabía que existían Pancho Dotto y Ricardo Piñeiro y pará de contar”. Así fue como hizo pequeños trabajos en Buenos Aires hasta que un booker de Milán lo vio y se lo llevó a Italia para trabajar. “A mis viejos no les gustó nada la idea de instalarme en Europa. Yo quería ir a probar suerte a Nueva York, pero me habían rechazado la visa”, comenta. Pero las casualidades y, la suerte, por supuesto, hicieron que pueda realizar nuevamente este trámite y a las tres semanas de volar a la Gran Manzana la inesperada llamada llegó: participar de la última campaña de Dolce&Gabbana, nada más y nada menos que junto a Madonna.

-¿Cómo se dio esta gran oportunidad?
-Conocí al fotógrafo exclusivo de ella que se llama Steven Klein y que se encargó de la gráfica de D&G. Con él habíamos hecho una editorial en Buenos Aires hace casi dos años y se ve que le gustó mi trabajo. Cuando Madonna vino a hacer los recitales me la presentó porque había posibilidades de que hiciera la producción que hizo Jesús Luz para la revista W. En ese momento no se dio, pero con tesón, paciencia y sin histeriqueos (risas) pude trabajar con ella.

-Cuando te eligieron para la campaña, ¿sabías que iba a ser con ella?
-No, recién me enteré a dos semanas de hacerla. Lo primero que pensé fue: “¡Wow, la pegué: no hay mucho más que esto en el mundo de la moda!”. Y fue así, porque la foto tuvo una repercusión muy grande y ya me llamaron para hacer gráficas para Bottega Veneta y Express.

-¿Cómo fue trabajar con Madonna?
-Fantástico. Me sorprendió en varios aspectos. Por empezar, se acordaba de mí y vino directo a darme un beso. ¡Y eso que la vi sólo una noche! Me llamó la atención lo claro que tiene cómo funciona todo este negocio. Te da la sensación que está un paso adelante del resto, porque más allá de ser Madonna, es una mina que nos trataba de igual a igual. La producción le sirvió un vino y ella pidió que también nos lo den a nosotros, ese es un gesto que vale la pena destacar, porque señala la buena onda que tenía para que nos tranquilicemos.

-¿En ningún momento tuvo aires de diva?
-Ella no, pero los que estaban a su alrededor la trataban como tal. Tampoco se la veía mucho, porque trataban de optimizar el tiempo al máximo y apenas terminaba una toma se la llevaban. Había un clima bastante tenso en la producción por la presión de que ella estaba allí, pero Madonna generaba todo lo contrario. Me pareció muy simple, respetuosa y ante todo poco creída.

-¿Y cómo fue hacer una foto sólo con ella?
-Difícil. No sabía qué decirle, porque no quería sentirme un nabo. La escena fue muy graciosa, porque estaba también una señora con otra gallina (que no apareció finalmente en la toma). Ella hacía de la dueña de la verdulería, Madonna de una clienta, y yo del “chongo” de los pollos (risas). La mujer estaba re-loca y hablaba con los animalitos (que por cierto, tenían también dos guardaespaldas) para “convencerlos” de que se den un besito; entonces Madonna me miró sorprendida y me comentó: “Esta mina está mal de la cabeza”. Ahí fue cuando intentó irse de la escena, y por el movimiento brusco, la gallina empezó a aletear; ella se tiró al piso para agarrarla y yo, que no me podía perder esa oportunidad, también. Así se hizo la famosa foto. Fue mi gran momento, que seguro no voy a olvidar por el resto de mi vida.